17 de Junio de 2018
Año XX
No. 1115
| Editorial | Edición:

¿Independencia o lucha de razas?

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2017

Pbro. Lic. Armando González Escoto

Hace doscientos años, en 1817, se extinguió la guerra de Independencia que con altibajos se venía desarrollando en México desde 1810 sin lograr la meta deseada. Sus últimos destacados exponentes habían sido Pedro Moreno y Javier Mina, ambos de raza española, si bien el primero había nacido en esta tierra. En los siguientes años sobrevivirá un movimiento guerrillero muy reducido y bien localizado entre la Ciudad de México y el puerto de Acapulco, nada más.

Esta lucha se había caracterizado desde el principio y hasta el final por el liderazgo de los llamados criollos, es decir, españoles nacidos en México, seguidos por muchos otros criollos, muchos mestizos y muy pocos indígenas.
La sociedad mexicana de aquel tiempo no estaba convencida de las ventajas que podría traer la independencia, mientras que diversos analistas españoles observaban con alto grado de certeza y fatalidad que la América latina acabaría sometida por una nueva y agresiva nación que había surgido de las colonias inglesas del norte y que se llamaba Estados Unidos de Norteamérica.

Ya por esos años Latinoamérica se convertía en un botín codiciable tanto por los norteamericanos como por otras potencias europeas interesadas en arrebatar a España sus posesiones y quedarse de alguna manera con ellas, de ahí que hubiesen sido ingleses los que financiaron la empresa insurgente de Javier Mina, que debía venir, como lo hizo, a reavivar el fuego de la insurgencia cada vez más declinante.

De momento, es decir, al finalizar 1817, el territorio del hoy México se había pacificado, seguía siendo el virreinato de la Nueva España, y todas las clases sociales parecían reafirmarse en su propósito de seguir siendo parte del imperio español, de manera particular las comunidades indígenas consolidadas, pese a las constantes tensiones que vivían por la ambición de los criollos, deseosos de adueñarse de sus tierras. En otras palabras, más temían los indígenas a criollos y mestizos que al imperio español.

En efecto, era el imperio lo que ataba las manos de criollos y mestizos salvaguardando a más no poder los derechos indígenas sobre las tierras comunales, por lo mismo los indígenas recelaban de una independencia que dejaría a éstos con las manos sueltas, privándolos de toda defensa a la hora de querer proteger sus posesiones.

El tiempo habría de confirmar esos temores, pues la independencia no fue la recuperación de la soberanía territorial por sus antiguos dueños, los indígenas, sino la autonomía de los criollos frente al imperio español, para quedarse dueños del territorio que, afirmaban, sus ancestros habían conquistado. Lograda dicha independencia en 1821, los indígenas, ayer súbditos de la Corona Española con todos los derechos de los pueblos aliados, ahora serían “ciudadanos mexicanos” sin otra posibilidad que el sometimiento a los nuevos amos. Si antes la condición de los indígenas no era buena, ahora empeoraría.

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