16 de septiembre de 2018
Año XX
No. 1128
| Formación | Edición:

Valientes guerreros invadieron el Nayar

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2017

Martín Castañeda Campos
3º Teología

Estamos reunidos desde puntos totalmente distintos y no sólo respecto a lugares sino  con historias personales únicas e individuales que han podido experimentar la mano de Dios, que finalmente es por lo que  estamos ahí. Es así como coincidimos todos para comenzar nuestra misión en la plaza de Zapopan, esperando la salida del camión que nos condujo a Santa Teresa del Nayar. Se escucha una voz que durante los próximos días sería una voz mandona, regañona, y porque no, amigable. Es la voz del seminarista que congrega a formar un círculo -el primero de muchos círculos- para dar indicaciones, amonestaciones, y una buena motivación.

El Nayar, permítanme manifestarlo de esta manera, es un lugar mágico; la extensa sierra de Santa Teresa con sus pinos, el olor a leña quemada, los paisajes que se pudiera pensar que están intactos desde el séptimo día con sus ríos y cascadas. Al caer la tarde una saga de colores pintan todo el panorama; de repente pudiera parecer  la mente parca y el escrito corto pero es que, en realidad, tiene que contemplarse para entenderse. Además está el espectáculo nocturno, no se cansa uno simplemente de mirar estrellas brillantes que adornan la noche y la majestuosidad de la luna, que nos acompañó en esa Semana Santa.

Sus personas, desde las niñas hasta las mujeres en  grandes faldas y blusas con terminado de flores. Los hombres, su prenda  indispensable, huaraches, en muchos casos desgastados; todos con su morral colgando de su hombro por encima de su pecho. Escuchando su lengua que es llamativa, despierta el deseo por hablarla.

Las personas grandes también transmiten el mensaje de esperanza de Cristo, de su amor; algunas no conversaban mucho en español, pero los niños son los traductores de los misioneros, que en su intento por aprender nuevas palabras para presumirlas de regreso a casa, les preguntan como decirlas. En el mejor de los casos les enseñan, aunque a veces les juegan bromas y los misioneros terminen diciendo… otra cosa.

La misión consiste, aparte de llevar la Palabra, en estar con ellos, solventar algunas de sus necesidades, atender sus enfermos, por ejemplo. Hay médicos que prestos están para ayudarles, desde una placa dental nueva, hasta curar una simple gripa.

Cuando vi al equipo que se dedicaba a construir techos me pregunte: ¿De verdad dejan todo para venir a trabajar?, ellos no dan doctrina, no reparten despensa, ellos construyen un techo para soportar el frío, que de verdad es fuerte en ese lugar y, si es necesario, edifican toda la casa desde sus cimientos. Tal es el caso de una anciana de 90 años, si su casa  no se había caído, fue por la gracia de Dios, hacerle un nuevo hogar con todo y colchón fue su misión.

El equipo de espiritualidad no me preocupaba tanto, excepto cuando tenían que caminar para llevar la Palabra a los ranchos, pues como no estaban acostumbrados, el paisaje hermoso se convertía en momentánea tortura, al brotarles ampollas que el ánimo pronto curaba… al día siguiente estaban listos para volver.

Los del equipo de cocina… en pocas palabras: ¡Qué hubiera sido sin ellos!
Cada misionero entregó todo, y así se hicieron realidad las palabra de Cristo, “Recibirán el ciento por uno”, pues Dios nos tocó el corazón en esos días, lo transformó, habló personalmente, dio respuesta a las inquietudes, consoló en la angustia y suscitó esperanza para volver a casa con ánimo, sabiendo que en la sierra del Nayar Dios nos dijo: No tengas miedo, yo estoy contigo valiente guerrero, y te amo.

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