02 de Diciembre de 2018
Año XX
No. 1141
| Actualidades | Edición:

Semanario entrega la última de cuatro partes de los detalles de la preparación de la Iglesia Católica para conmemorar 2000 años de la muerte y resurrección del Señor y 500 años del milagro guadalupano. La versión íntegra la encuentra en www.arquimedios.org.mx

Publicado en web el 12 de Diciembre, 2018

plan global (6)

Jesucristo,
nuestro Redentor
Quienes ejercemos el ministerio de la conducción, acompañando como Obispos a esta porción del pueblo de Dios que peregrina en tierras mexicanas, confesamos a Jesucristo como nuestro Redentor. De su encarnación, su vida, su muerte, su resurrección y el envío de su Espíritu, nace la certeza de su compromiso incondicional con cada uno de nosotros y su presencia en nuestra historia. Su persona es el sí de Dios a los hombres, la fidelidad de Dios a sus promesas. Somos sus hijos, su familia, su comunidad, su pueblo y, por eso, nos sentimos seguros.
Por esta razón, nuestra mirada sobre la realidad está permeada por la esperanza cierta de que no caminamos solos. Es verdad que las fortalezas y las miserias de nuestra vida tienen que ver con la fragilidad de nuestras decisiones, pero también y primeramente con el Dios fiel que, en su Hijo, Redentor nuestro, nos impulsa hacia adelante para conducirnos a la plenitud de su Reino. San Juan Pablo II afirmaba con determinación en la “Redemptor Hominis”: La respuesta fundamental y esencial… la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros esta: Jesucristo, Redentor del hombre; Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro “Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (RH 7).

Interpelaciones
Nuestra mirada sobre la realidad está permeada por la esperanza cierta de que no caminamos solos. Igual que aquellos hombres, llevando al paralítico delante de Jesús, usaron toda su creatividad y toda su fuerza para pasarlo entre la multitud, subirlo al techo de la casa y abrir un boquete en el techo (cfr. Mc 2,1- 5), el cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús (RH 10). Sólo desde esta certeza de fe, surgirán nuestras actitudes, nuestra palabra, nuestras acciones, nuestro testimonio.
Sabemos que es una tarea exigente. ¿Cómo anunciar a Jesucristo Redentor a un hombre que se concibe autosuficiente, centrado en sus potencialidades? ¿Cómo hablar de Redención a una cultura recelosa de redentores porque dice que ha encontrado en sí misma las respuestas al deseo de felicidad? ¿Cómo presentar al Redentor cuando nuestros contemporáneos desconfían tanto de los muchos redentores, que en el mundo de la política y la economía se ofrecen como la solución a todos los problemas?
El Papa Francisco dice que pareciera que el hombre de hoy no quisiera pensar más en la Redención, en ser liberado y salvado por Dios; el hombre de hoy se ilusiona de hecho con la propia libertad como una fuerza para obtener todo. También hace alarde de esto. Pero en realidad no es así. ¡Cuántas ilusiones son vendidas bajo el pretexto de la libertad y cuántas nuevas esclavitudes se crean en nuestros días en nombre de una falsa libertad! Tantos esclavos, tantos… Tenemos necesidad que Dios nos libre de toda forma de indiferencia, de egoísmo y de autosuficiencia. En nuestros tiempos, prolifera una especie de neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás. La salvación es entonces confiada a las fuerzas del individuo, o a las estructuras puramente humanas, incapaces de acoger la novedad del Espíritu de Dios.

Acercamientos tradicionales
Somos conscientes que, en la predicación tradicional, la Redención se concentraba casi exclusivamente en la muerte en cruz de Jesucristo que, con ella, pagó por nuestros pecados y nos limpió de nuestras culpas. Dios Padre estaba herido en su honor por el pecado humano y sediento de satisfacción. Por lo tanto, era necesario reparar su proyecto frustrado por el pecado humano. Por eso Él envió a su Hijo. En este esquema, el hombre aparecía como receptor pasivo de la Redención.
Según esta comprensión, el modelo pastoral y la espiritualidad cristiana que de allí se derivaba, ponían el énfasis de la predicación en el pecado y la imposibilidad humana de participar de la salvación. Luego, proponía a Jesús como Redentor y a la Iglesia y sus sacramentos como la única posibilidad de ir al cielo. El mundo y la historia eran vistos como un valle de lágrimas, para llegar finalmente a Dios. Así considerada, la Redención era una realidad más allá de la historia y sólo para las almas de los hombres liberadas del lastre de sus cuerpos terrenales y caducos. ¿Cómo podría llegar la salvación a través de la Encarnación de Jesús, su vida, muerte y resurrección en su verdadero cuerpo, si lo que importa solamente es liberar la interioridad del hombre de las limitaciones del cuerpo y la materia?.
Todo esto nos hace considerar que, en términos generales, el lenguaje con el que la Iglesia habla de la Redención, muchas veces, resulta incomprensible, especialmente para las nuevas generaciones. A nuestros jóvenes les parece ofensiva una imagen de Dios en estos términos: el dios vigilante y juez implacable atento a los pecados humanos, el dios comerciante de salvación, el dios mágico de las respuestas inmediatas y baratas. A lo sumo, hablar de la Redención en Cristo, se juzga como irrelevante, con escaso significado para orientar sus vidas y para tomar decisiones importantes. Para algunos de nuestros contemporáneos, la Iglesia se apoya en esas imágenes incompletas de Dios cuando quiere sólo remarcar a los hombres de hoy sus pecados, de lo contrario, su acción no tendría sentido. Con la consecuencia, además, de presentar a Dios y a la fe como un mero paliativo para aliviar dificultades.
Necesidad de un nuevo acercamiento
¿Qué es la Redención? ¿Cómo hablar de ella a nuestros contemporáneos de manera positiva y esperanzadora? Reconocemos que, en parte, somos responsables de que nuestra teología y nuestra práctica pastoral hayan formado una imagen de Dios que hace depender su existencia y su acción de nuestras necesidades y de nuestras carencias. Así, hemos condicionado su libertad infinita y su amor incondicional que va mucho más allá de cualquier dificultad humana.
Necesitamos reencontrarnos con el Dios de Jesucristo, necesitamos volver al Evangelio. Porque solamente desde allí podemos comprender quiénes somos y a qué estamos llamados como Iglesia Redimida. La llamada crisis antropológico-cultural nos pide replantear nuestros esquemas de evangelización para el ser humano concreto a quien estamos llamados a servir; para recuperar una sana visión del ser humano, hemos de hacerlo desde la contemplación del misterio de Cristo Redentor. Encontrarnos con el Dios de Jesucristo nos permitirá contemplar en Él una imagen de hombre que reconozca la bondad original con la que fuimos creados, en libertad y para el bien. Pero también, nos permitirá contemplar nuestro ser fracturado interiormente, nuestras dificultades para mantener el equilibrio interior, los conflictos interpersonales, el pecado humano que hoy tiene múltiples manifestaciones y la ambigüedad radical de la vida humana que tiene rostro de crisis de esperanza.

EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
Como pastores del Pueblo de Dios, sentimos el deber de responder a estos cuestionamientos esenciales: ¿Qué es lo que queremos decir con la afirmación de que Jesucristo nos ha redimido? ¿Qué papel juega el Padre y el Espíritu en la obra redentora de Jesucristo? ¿Qué le corresponde al  ser humano y a la comunidad de discípulos en la obra de la Redención?
La Redención de Jesucristo no se reduce al momento de la entrega de su vida en la cruz, es mediador, su encarnación, su predicación y su praxis del Reino de Dios, la conformación de su comunidad de discípulos, su muerte y resurrección, la comunicación de su Espíritu, su presencia como resucitado en el mundo, en la humanidad, en la Iglesia, su trabajo permanente en la obra de cristificación de la realidad, hasta que todas las cosas lo tengan por cabeza (cfr. Ef 1,10).

Redención
y salvación
La Redención es un momento fundamental de un proyecto más amplio, el proyecto de salvación de Dios: el Padre, que por el Espíritu se abre en su Hijo eterno a nosotros por un amor infinito con el fin de plenificar, consumar y recapitular todo en Él. Redención hace referencia a rescate, liberación de una situación negativa, de modo que, en la obra de salvación de Jesucristo, la Redención es uno de los momentos del proceso. Viene a hacernos hijos en Él, a incorporarnos a la vida divina por la acción del Espíritu, y este movimiento incluye liberarnos del pecado y de la muerte en la que nos encuentra. Esta acción justificadora, reconciliadora, es el momento redentor. Así como en el Antiguo Testamento Dios “redime” al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, para llevarlo a una situación positiva, de plenitud en la tierra prometida, la que mana leche y miel (cfr. Dt 26,5b-10). O como en el sacramento del bautismo, el Padre nos hace hijos en el Hijo, y también nos redime, es decir nos libra del pecado.

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