21 de Julio de 2019
Año XX
No. 1172
| Panorama Parroquial | Edición:

Una nueva oportunidad

Publicado en web el 17 de Mayo, 2019

Pbro. Armando González Escoto

A partir de este año 2019, los mexicanos tenemos una nueva oportunidad para crecer y madurar en la comprensión de nuestra historia.
En efecto, 2019 marca el inicio de una larga serie de quintos centenarios tanto civiles como eclesiásticos que no pueden pasar desapercibidos ni pueden tampoco ser la ocasión para repetir interpretaciones sesgadas, reapertura de heridas que acaso ni lo fueron, o resurgimiento de prejuicios de toda índole que no existirían si no siguiéramos siendo una sociedad tan infantil y, no pocas veces, desconocedora de los hechos.
La conciencia histórica, es decir, la conciencia que una sociedad tiene de sus orígenes y de su pasado, no surge de reinvenciones artificiosas, sino de una búsqueda honesta y bien fundamentada, misma que le permite asumir su trayectoria de manera responsable y siempre en orden al presente y al futuro de la propia sociedad. No podemos mirar al pasado con la mirada de una persona que a pesar de sus años, sigue creyendo en esas fantásticas historias que endulzan los hechos o los exageran para producir un orgullo nacional tan falso como falsos son los hechos que se inventan para enaltecerlo.
México no es una entidad metafísica, una especie de “pueblo elegido”, predestinado para tales o cuales fines, México es el resultado de acuerdos y también de determinaciones emanadas por personas muy concretas que en un momento dado de la historia propusieron o impusieron a la gente un proyecto de organización social de acuerdo a las creencias y principios del momento. De esta suerte Hernán Cortés impuso a todos los pueblos indígenas del territorio conocido en 1521 una estructura político geográfica llamada Nueva España, es decir, la primera forma de organización político-territorial que será la base fundamental de lo que hoy es México, pero con características muy especiales, ordenadas a la conservación de las comunidades indígenas, con autoridades propias, con la posesión de sus tierras y la sujeción a sus leyes originarias, en otras palabras, la Nueva España fue ni más ni menos una federación no sólo de “estados”, sino -sobre todo- de culturas, dentro de una gran monarquía, el imperio español.
Esta determinación ‘cortesiana’ contó, desde sus inicios, con la aprobación de la mayor parte de las comunidades indígenas que no fueron conquistadas, sino que se aliaron con los españoles, justo para escapar de la opresión tiránica, déspota y explotadora de los aztecas. Otros pueblos ni siquiera se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo en el valle de México, se enterarán con el paso de los muchos años, y decidirán entonces, si se incorporaban o se mantenían al margen. Varios de ellos permanecieron al margen, y así siguen hasta la fecha, ni se reconocen como mexicanos ni quieren serlo. ¿Por qué ignorar estos hechos y quererlos envolver en visiones nacionalistas, uniformadoras y desde luego falsas?
La investigación de la historia, sigue siendo un gran reto que debe superar, lo mismo dificultades que tentaciones, la dificultad de tener todas las bases para poder sentar los hechos, la tentación de suponer lo que no consta, e incluso, de inventar lo que nunca pasó.

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