17 de Julio de 2019
Año XX
No. 1171
| Cultural | Edición:

Plantan olivo por la paz

Publicado en web el 13 de Junio, 2019

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Plantan olivo por la paz

Redacción ArquiMedios

La Villa de los Niños ubicada en el municipio de Acatlán de Juárez fue el lugar idóneo donde autoridades civiles y deportistas se reunieron para plantar el olivo por la paz, como parte de la incorporación de este recinto a la Fundación Scholas Occurrentes del Papa Francisco.

Scholas Occurrentes es una organización Internacional de Derecho Pontificio presente en 190 países de los cinco continentes y que a través de su red integra a 500 mil escuelas y redes educativas.

En el evento realizado el sábado 8 de junio estuvieron presentes los ex futbolistas Rafael Márquez, Pável Pardo.

Por parte de las autoridades civiles asistieron Enrique Alfaro Ramírez, Gobernador del Estado y Gerardo Uvalgo Ochoa, presidente Municipal de Acatlán de Juárez. Asimismo Salvador Litchi y José María Del Corral fueron los representantes oficiales de la Fundación Scholas Occurrentes.

Cabe señalar que el partido de despedida de Rafa Márquez en el estadio Jalisco, fue un evento con causa donde lo recaudado se destinó para esta organización impulsada por el Santo Padre.

La Villa de los Niños es una institución educativa atendida por la congregación de las Hermanas de María, que ha venido desempeñando una labor social desde hace años a favor de la niñez que carece de los recursos necesarios para seguir estudiando.

Surgió a partir del ideal de Monseñor Aloysius Schwartz de cuidar, educar y dar un futuro brillante a los huérfanos y niños que provienen de las familias más marginadas.

La casa que se encuentra en Jalisco se encarga especialmente de la formación niños varones, donde se imparte la Secundaria y Bachillerato Técnico. Actualmente este lugar alberga cerca de 2 mil jóvenes provenientes de toda la República Mexicana.

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Los primeros pobladores

del Mundo Digital

Pbro. Alfonso Rocha Torres

Antonio Rodríguez de las Heras hace un ejercicio imaginario pero lleno de verdad sobre, cómo sería el mundo digital sin espacios reales, en el suplemento retina del periódico español El País.

La ciudad hoy se nos presenta como una gigantesca máquina que genera un movimiento continuo. Transporta sin cesar objetos y personas de un lugar a otro, creando una agitación mareante si se presta atención a este desplazamiento sin fin. Como máquina que es, consume una fenomenal cantidad de energía que convierte en movimiento. Porque la aglomeración para que no se estanque tiene que estar en continuo movimiento: la actividad urbana. La ciudad es el mayor exponente del maquinismo de esta etapa última de la civilización que es la sociedad industrial, pues resulta la máquina más grande, envolvente y consumidora de energía para el trabajo inacabable de un movimiento constante.

La ciudad es un sistema abierto en el que no dejan de entrar y salir mercancías y personas. Desde sus orígenes ha sido cruce de caminos, pero con la revolución industrial máquinas para el transporte cada vez más poderosas trasladan objetos y personas en flujos inconcebibles antes del maquinismo, procedentes de cualquier lugar del mundo (y también de la ciudad al mundo). La máquina mantiene la ciudad: una máquina hecha de ingenios múltiples y engranados que consumen energía para que las cosas y los humanos se muevan. Sin esa agitación constante la civilización se desplomaría.

La tendencia indica que el flujo humano hacia las ‘ciudades-máquina’ seguirá. ¿Es incontenible este proceso, a pesar de que no todas las ciudades se muestran, ni mucho menos, esplendorosas y que, incapaces de cristalizar, son como costras sobre la superficie del planeta?

¿Hay otra forma de habitar este planeta? Hemos comenzado una operación revolucionaria consistente en sustituir los átomos por bits. Desprovistos así los objetos de volumen y masa se les puede lanzar a gran velocidad (hasta el límite de la velocidad de la luz), con un gasto energético asumible y muy inferior al que habría que emplear si pesaran. Resultado: a velocidades tan altas y para las dimensiones de nuestro planeta, la impresión es de presencia, de que todo está al alcance, de que no hay distancias que recorrer, pues la demora es imperceptible. De que todo tiene lugar en donde estemos. Los pequeños sellos bidimensionales de las apps, flotando en el espejo negro que sostenemos en la mano, representan la experiencia más generalizada y cotidiana: basta con que mentalmente revirtamos el sello al objeto —con su volumen y masa— que originalmente da esa función y que lo situemos en el lugar y a la distancia que tendría que ocupar para ser conscientes de cómo se manifiesta y nos alcanza el nuevo espacio, el espacio digital.

Ahora estamos en la orilla, donde dos medios se encuentran, como lo hacen la tierra y el mar. Es demasiado atrayente el nuevo espacio para que no mueva a pobladores que quieran explorar y explotar los recursos que contenga para una vida distinta. No podrá ser una migración inmediata y masiva, de igual modo que la urbanización no lo ha sido; ni tampoco muchos procesos evolutivos capitales, donde lo pequeño muestra su potencial transformador, ya que la evolución no es diseño sino tanteo.

Quizá estén en mejores condiciones para la migración quienes van a trabajar en las nuevas profesiones que están emergiendo. Y es solo el principio, pues en muchas de ellas serán artesanos digitales los que las desempeñen. Así mismo, profesiones actuales reorganizarán su actividad para acercarse lo más posible al nuevo espacio y aprovechar sus posibilidades.

Para el asentamiento se necesita, evidentemente, la concurrencia de desarrollos tecnológicos muy variados pero de alguna manera cada vez más trenzados (5G, inteligencia artificial, robótica, cadena de bloques, internet de las cosas, impresión 3D…, nuevos materiales, nuevos alimentos). También será indispensable la profunda transformación de la logística del transporte y de la distribución de bienes.

Pero muy especialmente tiene que haber una revolución cultural que aporte valores distintos a los que están hoy incrustados en la mentalidad imperante y que lleven a apreciar formas de vida en que se planteen concepciones nuevas del tiempo, el trabajo y el ocio, el hogar, el entorno, la educación, las relaciones y los compromisos sociales, y a rechazar otros valores que ahora damos por inalterables.

Es tentador imaginar a estos nuevos pobladores reunidos en colonias, pero eso es una proyección de lo sucedido hasta ahora en la aventura de la ocupación de los territorios y extensión de las culturas. No tiene, sin embargo, que ser necesariamente así, y quizá se instalen en muy diferentes lugares y de múltiples maneras. Porque su cohesión no se dará por la concentración en un lugar, sino por la coincidencia en la explotación eficiente de las posibilidades que se abren al disponer de un espacio sin lugares, sin distancias, sin demoras.

Desde esta experiencia de vida, ¿qué posibilidad habrá de influir en la transformación del mundo tal como hasta ahora nos lo ha dejado la civilización y su revolución industrial?

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PARA SABER MÁS: www.retina.elpais.com

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